5 poemas para recordar a Corcuera en su travesía delirante

Arturo Corcuera (1935-2017) fue un destacado poeta peruano y conspicuo representante de la poesía latinoamericana. Nació en Salaverry en 1935 y estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos donde tuvo contacto con los poetas de su generación entre los que se encuentran César Calvo, Antonio Cisneros y Javier Heraud. En 1963, publicó su primer poemario “Noe delirante”, con el que obtiene el Premio Nacional de Poesía. Durante su vida cultivó una obra poética excepcional que fue reconocida en muchas partes, por la que fue galardonado con distintios premios: Premio internacional de poesía Atlántida 2002, Premio Internazionale di Trieste di Poesia 2003 y el Premio Casa de las Américas 2006 por el libro ‘A bordo del arca’.
Recientemente la edición 22° de la Feria Internacional del Libro de Lima, organizada por la CPL, le otorgó el Premio FIL 2017, por su vasta trayectoria literaria.
Arturo Corcuera es reconocido como uno de los más importantes poetas de la Generación del 60 y figura central de la poesía peruana del siglo XX.

EL HEREJE

Nadie podrá convencerme
que el tren
no es larva de mariposa
que el avión no tiene plumas
que el mar no bebe cerveza
que la luz no es una flor

 

LA GUITARRA

Mujer de nogal
mujer nacida en el centro de un bosque
mujer con un mirlo en la garganta
mujer que pudo ser sirena
mujer que se transmuta en pájaro
mujer sobre góndolas navegando
mujer de un sólo ojo como la Luna
mujer ojerosa
mujer voluble
mujer oculta en un gramófono
mujer prendada de un violín
mujer de rompe y raja
mujer gimiendo al pie de una ventana

 

UN SOLO DE MÁQUINA DE ESCRIBIR

No alcancé a usar pluma de ganso. Fui escolar de pluma de acero y
pomo/ de tinta.
Ave de pluma de cristal, de pluma fuente. En mi tinta azul
Se miraban el cielo y el mar y mi traje dominguero.
(¿Quién no tiene un traje azul?)
La reemplazó el bolígrafo. Creció el mundo y crecí yo.
Llegué veloz, en locomotora, a la máquina de escribir.
Me volví gallo: picoteaba las teclas con un dedo, imáginandolas
granos de maíz. Remington Rand, te sabrás de memoria
mis primeros poemas.
Oigo hasta hoy tus conciertos de piano: Back, Bethoveen,
Mozart, Chopin, Vivaldi, tren de escritorio (Deluz modelo 5)
avanzando por las cuatro estaciones.
Al final del siglo XX, en misil cibernético
te sacó de los carriles la posmodernidad.
Están frente a mí los carretes de cinta
que ya no tiñen mis manos ni mis sueños.
Del salón en el ángulo oscuro yacen mi rodillo secreto,
mi cigarra incomprendida, mi arpa olvidada

 

 

EL POETA

poema de Arturo Corcuera
in memorian de Javier Heraud

 

 

Leía a Marx,
a Pablo. Y a Vailejo
lo llevaba en el pecho
como un llanto.
Deteníase a oír en el silencio
algo que no cabía en su tamaño.

Se advertía en sus ojos
que soñaba
en ardiente vigilia, como nadie.

Me sé sus sueños
de memoria, su alma.

Lo mataron en medio de la
tarde
porque un alba traía
para todos;
porque otro sol,
otro aire, reclamaba.

En las hojas
que caen del otoño
me parece que escucho sus
pisadas.

 

POEMA PARA SER LEÍDO BAJO UN PARAGUAS

 

El paraguas es una flor que se abre con la lluvia
Se humedece más que el amor en los bulevares de una
noche de invierno.
Cuando los amantes se separan el paraguas llora en un
rincón junto a sus pares cerrados como murciélagos
dormidos.
No le teme al zigzag de la daga con que amenaza el rayo
ni se inmuta ante la voz tronante de la tormenta. Hace
buenas migas con la garúa, a quien tiene por mojabobos,
llamándola chirimiri o chipichipe.
En las estaciones secas el paraguas perrnanece mustio, se
conduele de los desiertos, de los páramos, de la orfandad
de los hombres del campo: “corazón de agua,/ corazón
de tierra,/ ay que pequenita/ se quedo mi siembra”.
Los hongos enanos sueñan crecer y volverse paraguas. Es
curioso verlos, después del temporal, de lo mas frescos,
limpios, vestidos de blanco.
Los parasoles son su familia, pertenecen a otros climas, se
abren cuando el Sol esta en plenilunio dorado y el aire
se guarece bajo sus alas para proporcionar sombría y
refrigerio.
Nada mas semejante a mi melena que un paraguas en una
mañana coronada de nieve.
Pobres paraguas míos, descendidos de cielos remotos,
colgados del perchero como oscuros murciélagos,
paraguas con los que recorrí calles adoquinadas, caminos
de herradura, pasadizos perdidos, paraguas que duermen
en soledad y sueñan con una nube negra y gorda,
dispuesta a abrir sus represas sobre Lima, la dorada
Lima, donde no llueve y esta tarde me quita las ganas de
vivir.

 

Publicado en22 Agosto, 2017 enSin categoría

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