Cómo miramos el futuro

Roberto Ojeda Escalante, activista y educador

La pandemia del Covid19 ha trastocado la vida en todo el planeta, sus impactos y los retos que plantea son comentados por muchos y resta redundar en temáticas ya bastante bien planteadas por autores de diversas latitudes. Quizás aportemos más reflexionando desde el caso concreto que nos toca vivir en cada territorio, porque los retos que la actual crisis nos plantea son diversos y esto implica buscar respuestas específicas. En este caso, lanzo estas reflexiones desde la región del Cusco (Perú).

El retorno de las clases sociales

Una característica de la sociedad que parecía ocultada (superada dirían los neoliberales) es la diferencia de clases sociales. El confinamiento se siente de distinta manera dependiendo de la extracción social de cada familia, mientras para algunos significa un tiempo estresante pero manejable, utilizando recursos tecnológicos para paliar el encierro (TV, Internet, Netflix); para otros genera además una tensión por la incertidumbre que presenta el futuro en aspectos económicos. Mientras unos tienen garantizado su salario, haciendo que el encierro más bien les esté permitiendo cierto ahorro (ante la ausencia de gastar en transporte y/o combustible, por ejemplo), para otros es estresante estar generando egresos sin suficientes ingresos que equilibren su economía.

Y las diferencias se sienten más cuando ampliamos nuestra mirada a las diferentes clases sociales. Algunos tienen el privilegio de contar con un espacio amplio, una casa con ambientes suficientes para todos los integrantes de su familia, con patio o área verde, que ayudan a menguar el estrés del confinamiento. Es diferente asumirlo en una vivienda estrecha, cuanto más integrantes familiares en espacios más estrechos, el estrés es mayor. Si no se cuenta con todos los servicios la cosa se complica aún más, si el pago de alquiler presiona los talones, la situación se va volviendo insostenible.

Las injusticias sociales se hacen más evidentes precisamente en las ofertas que se están dando para paliar la situación. Cantidad de películas, conferencias, charlas y demás actividades virtuales ofrecidas por las plataformas digitales, generan más frustración en quienes no podemos acceder a las mismas, porque no contamos con acceso a todas esas plataformas, o bien contando con algunas, no abastecen lo suficiente al número de integrantes de la familia. Esto se ve más claro en el tema de la educación a distancia, por ejemplo una madre de familia debe ceder su computadora a su pequeña hija para que esta pueda tener sus clases escolares virtuales. Y si compartir una computadora ya es complicado, lo es más en ausencia de dicho artefacto. Niños que deben conformarse con ver las “clases” por la televisión, y en el extremo otros niños y niñas que ni con ese aparato cuentan.

Otro aspecto poco tomado en cuenta es la forma en que cada género se ve afectado. En algunas familias el esposo está siguiendo su trabajo de modo virtual en casa, su rutina ha cambiado, en cambio su esposa sigue ejerciendo el rol de ama de casa, su rutina se ha vuelto aún más pesada. ¿Quién asume las labores hogareñas en estas circunstancias?, en algunos casos las labores son compartidas, también hay los varones que están reaprendiendo estos quehaceres, pero no dejan de haber los que reproducen el ejemplo inicial. Este es un aspecto en el que podemos aprender de las circunstancias para modificar el paradigma patriarcal.

El tema del aprovisionamiento de recursos básicos se ha planteado desde un principio, el Estado y las empresas se están encargando de que no falten los bienes de primera necesidad. Pero lo que está escaseando es que estos bienes sean de calidad. En el contexto actual es muy difícil conseguir alimentos naturales, esto no significa problema para quienes están acostumbrados a mal alimentarse (alimentos procesados industriales), pero se ha convertido en una lucha diaria para quienes buscamos alimentos ecológicos, y más si no contamos con los recursos para los precios elevados que a veces incluyen este tipo de productos. Comer bien es una dificultad en estos días, y es precisamente la mala alimentación lo que debilita el sistema inmunológico e incrementa el sobrepeso (exceso de azúcar y harina refinada), haciendo a las personas más propensas al virus.

Reconocida la injusticia de clase, nuevamente se activa como idea emancipadora lo de la lucha de clases. Exigir un impuesto a las grandes fortunas es el primer paso en ese camino. Hace tan solo dos meses atrás esta idea era impensable, la pandemia ha hecho posible una idea que parecía sólo circular en los grupos de economistas ecológicos.

El impacto económico en Cusco

En la ciudad del Cusco, la principal actividad era el turismo, de una u otra forma todos teníamos algún vínculo con esta actividad. Los ingresos que generaba el turismo en un buen sector de la población hacían que a su vez, estos tuvieran los ingresos suficientes para adquirir productos y servicios locales, beneficiando indirectamente a más sectores de la población. Hoy todo esto ha parado, y ya se ve que la situación se prolongará hasta por dos años.

Como siempre, los más perjudicados son quienes menos tienen. Los empresarios que movían cierto capital, tienen ahorros suficientes como para aguantar esta crisis y pensar en planes de contingencia. Aun así, la posibilidad de reflotar el sector se muestra remota, algunos insistirán en ello, otros están viendo a qué rubro virar, lo que se vuelve más difícil en función de cuánto tenían invertido en sus negocios. Es más complicado para pequeños comerciantes, transportistas, artesanos, productores agropecuarios que abastecían restaurantes y hoteles. Todo este proletariado disperso queda simplemente en la calle, dependen de sus patronales y de las dinámicas que se den en la economía local.

Algo que se ve claramente en esta ciudad es la desesperación de los proveedores del sector turismo por vender sus productos, pues se han quedado con la producción estancada, con peligro a malograrse. No es tan grave en el caso de quienes proveían al mercado local, que si bien ha disminuido sus canales de venta, en muchos casos han preferido quedarse en sus comunidades hasta que pase la cuarentena, porque allí tienen trabajo y alimento como para aguantar un tiempo.

Muchos otros han vuelto a sus pueblos y comunidades, caminando incluso, porque ante un panorama desolador en la ciudad es preferible estar en un lugar donde tengan familia, y más aún si hay tierras y alimentos suficientes. Sucede que al reducirse los canales de venta, mucha producción de frutas por ejemplo, sobra en la comunidad, y son los residentes que han retornado quienes están consumiendo estos productos. El retorno al campo plantea varios desafíos en el futuro cercano y lejano, pues si bien en este momento, que es tiempo de cosecha, su presencia ayuda en las labores agrícolas, además de que se siente un reencuentro familiar y comunal entre los que se fueron y los que se quedaron, esto no va a ser así por mucho tiempo.

Con el turismo parado y la fuerte recesión consecuente, lo más probable es que la migración de retorno no sea sólo temporal. Tal vez algunos no soporten la situación y terminen volviendo a las ciudades, incluso sin seguridad y los veamos pidiendo más asistencialismo al Estado. Pero habrá los que se quedarán más tiempo reencontrándose con la vida campestre, esto traerá sus pros y sus contras en cada localidad. Por una parte, su contacto con el mundo urbano y ciertas habilidades aprendidas en la vida urbana, pueden ayudar a potenciar aspectos económicos en el medio rural. Elaboración de derivados, abrir mercados, usar vehículos para difundir la producción, etc. Pero por otra, la fuerte alienación y prejuicios a los que han estado sometidos en esa vivencia, pueden generar conflictos culturales en la tierra a la que retornaron.

Hace mil años, tras el colapso de las sociedades expansivas Wari y Tiwanaku, por probables crisis ambientales y económicas, las poblaciones andinas migraron a las zonas altas. Sobrevino un periodo de dispersión política que sin embargo mantuvo una fuerte interrelación económica y cultural entre todos esos pueblos durante cuatro siglos (que luego fueron incorporados por el imperio inqa en una nueva etapa expansionista). Todas esas experiencias del pasado pueden sernos útiles en estos momentos, ahí los investigadores de la historia tiene mucho que aportar, siempre y cuando abandonen las taras académicas y revisen el pasado con los ojos bien puestos en el presente y las posibilidades que se abren a futuro.

Cambiar de rutina o de paradigma

Un meme de los muchos que circulan estos días, indicaba algo así: “¿se dan cuenta que el mundo puede vivir sin ustedes?”, haciendo referencia a diversos trabajos que pueden estar inactivos sin afectar la vida de la población. Y es que el confinamiento ha paralizado un gran número de actividades económicas que no son indispensables para la subsistencia de las personas. Muchas de estas volverán a activarse gradualmente los meses siguientes, pero algunas van a estar inactivas hasta fin de año, es el caso de todas las actividades que implican concentración de personas, espectáculos, artes escénicas, ferias, grandes restaurantes, etc. También todo lo ligado al turismo y viajes en general va estar bastante paralizado aún más tiempo.

Gran cantidad de la población estará sin capacidad adquisitiva, con deudas o con ahorros menguados, esto reduce la cantidad de clientes para la mayoría de productos y servicios. La recesión va a prolongarse. Esto nos llama a reflexionar sobre la utilidad de nuestras ocupaciones, hemos llegado a un punto en que la mayoría de productos y servicios que desarrollamos son dispensables, en muchos casos innecesarios. Existen sólo porque el consumismo los ha hecho necesarios, pero esas necesidades son ficticias. Si hemos terminado especializándonos en estas actividades es porque la necesidad nos llevó a ellas, a partir de las habilidades que pudimos desarrollar o porque es lo que encontramos en el camino.

El capitalismo nos ha fragmentado, alejando a muchos de procesos productivos concretos, haciéndonos dependientes del buen funcionamiento del sistema. Un ejemplo extremo es el de algunos activistas libertarios que se recurseaban haciendo piruetas en los faros, lo consideraban una forma de autogestión, pero no puede ser autogestión algo que depende del dinero que te pagarán los asalariados del sistema. Ese modo de vida, que termina siendo el más frágil, se aplica a toda actividad que depende de que la clase media tenga capital como para consumir nuestras ofertas. El sistema nos ha fragmentado en cuanto nos especializamos en algo, por el contrario, cuando sí hemos desarrollado varias habilidades, si no podemos ejercer una podemos recurrir a otra.

El sistema intentará reconstruirse a partir de nuestras necesidades, como necesitamos empleo y circulación de capitales, nos pedirán aceptar sus condiciones, como siempre. Ahora las grandes amenazas son la implantación de la tecnología 5G o el ingreso de semillas transgénicas, la crisis es el mejor pretexto para implementar medidas impopulares o ingresar elementos tecnológicos cuestionables. Lo hicieron con los agrotóxicos luego de la segunda guerra mundial. Son nuestras necesidades las que jugarán en contra nuestra, pero ahora tenemos una ventaja, sabemos que muchas de esas necesidades no son realmente necesarias.

La alternativa está en las alternativas que ya existían. Mientras algunos activistas intelectuales y/o de izquierda se la pasaron elaborando teorías para cambiar el mundo, otros se lo plantearon en la práctica cotidiana. Mientras muchos de esos lúcidos en teoría al final no tienen más que vender su fuerza laboral al sistema, algunos de esos otros pueden ofrecer sus experiencias, por más pequeñas que sean, como ejemplos que sirvan de base o motivación para los nuevos rumbos que podamos darle a la vida colectiva. No es que se replicará sus experiencias a gran escala, sino que a partir de sus logros y fracasos, no tendremos que empezar de cero.

El reto será impulsar redes solidarias y de autogestión que puedan involucrar a ese gran número de nuevos desempleados y esos retornados al campo. Redes que incrementen la producción agropecuaria, haciéndola más ecológica y sustentable. Redes, porque se trata de descentralizar la sociedad, en lugar de concentrarnos en grandes mercados tendremos que activar mercadillos o ferias barriales, los que volvieron al campo pueden ayudar en este proceso a partir de su conocimiento de nuevas tecnologías y lógicas del mercado, no tanto para reproducirlas sino para poder competir contra ellas. Para esto, la clave está en el consumo, en los consumidores.

No se trata de cambiar de rutina, sino de paradigma. Dejar de consumir lo que ya vimos que no era tan necesario como creíamos, consumir local, abandonar los grandes centros comerciales y los productos industriales e importados. Sabemos que muchos no van a poder hacerlo, por eso el cambio será gradual y probablemente sólo en algunos sectores de la sociedad, pero con lograr algo aunque pequeño, ya habremos hecho bastante. El éxito de estas dinámicas puede convencer a los demás más adelante, el reto es hacerlo ahora. Sé que algunos critican esta postura argumentando que no todos pueden llevarla a la práctica, que hay gente pobre que tiene que buscarse el día a día y no tienen tiempo para pensar en vidas alternativas. Eso es cierto, pero también es cierto que quienes argumentan eso no son pobres, y terminan usando este argumento como pretexto para no iniciar el cambio en sus vidas, finalmente están usando “como escudo” a los pobres, para no asumir el cambio social.

Sí, sabemos que no todos están en condiciones de cambiar sus vidas en el presente, pero precisamente por eso debemos hacerlo quienes tengamos condiciones mínimas para ello. Para ir construyendo una sociedad más solidaria y justa, que podrá incorporar a los más pobres en la medida que sea grande. A la vez, sólo con redes que nos permitan un margen de autonomía y autogestión, podremos contrarrestar la arremetida reaccionaria y autoritaria que se nos viene. 

Posted on 22 mayo, 2020 in Sin categoría

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