El confinamiento forzado fuera de casa

La experiencia de una viajera latinoamericana durante la cuarentena en España

Por Florencia Pagola, periodista

escrito el 24 de abril de 2020.

Me subí al avión el 18 de febrero de 2020. Necesitaba salir de mi entorno, mis comodidades; desafiarme, probar quién soy fuera de mi país; una vez más. Ese día era martes y había leído sobre el Coronavirus en China, pero jamás hice la asociación con una pandemia. Tenía otras cosas en mente. El 19 llegué al aeropuerto El Prat de Barcelona, donde me esperaban los besos y los abrazos.

Durante las primeras tres semanas conocí algunos sitios turísticos, asistí a un taller de escritura y confirmé otros dos para facilitar en la ciudad, fui a milongas y a dos marchas del 8M, me reuní con mujeres migrantes latinas, comí kebabs hasta el hartazgo, compré tickets de avión para viajar a Europa del Este. El regreso a Uruguay sería el 15 de mayo.

Nada de lo que planeé luego de esas tres semanas sucedió. En el Kentucky me di cuenta que esto venía en serio. Que las amistades de T., que yo recién conocía, estaban aterradas por lo que iba a suceder, de que les parara la policía en la calle y descubrieran su situación irregular en el país. En el bar había tufo de apocalipsis, de no saber cuándo nos volveremos a ver, de cómo va a seguir todo.

Con T. decidimos mudarnos a una ciudad costera a una hora de Barcelona. Llegué directo a un 5° piso con terraza, horizonte, montañas, atardeceres, un pedazo de mediterráneo, pasto falso, paredes exageradamente blancas. Me repetía que era solo por dos semanas. Dos semanas. En ningún momento pensé en volverme a mi país.  

Me puse la computadora en el regazo casi 8 horas por día; empecé a comer a destajo, a tener siempre un postre a mano, a mirar series y películas diariamente. A aplaudir a las 20 por todo lo que sea que hay que aplaudir; la única interacción con los ´vecinos de balcón´.

No conozco la ciudad desde la que escribo ahora. No conozco su plaza ni su calle principal ni su iglesia ni sus bares ni sus árboles ni sus mercados ni sus rarezas. Cada tanto se posa una gaviota en la terraza. Muy sesuda me cuenta qué pasa allá afuera, en las calles, en los vientos. Le pregunto qué tristezas tendrá mi gente, qué tensiones. Cómo se vivirá este momento de crisis-pandemia-incertidumbre con un nuevo gobierno de derecha en el poder, con una situación de violencia machista preocupante, con un confinamiento a conciencia de cada unx. La gaviota no sabe porque no es su gente, vuela alto, se pierde.

Yo no sé lo que se debe sentir, en estos momentos de encierro obligado, ir un ratito a la rambla de Montevideo, a sentir la brisa en la cara. En este encierro no me falta nada, no me puedo quejar. Igual me enoja el aislamiento, me enojo un montón. Estuve tres días con la panza apretada de nervios, y el cuarto lloré a cada rato. Me paseé con la tristeza por toda la casa, desentonando con las paredes blancas. Inflo globos rojos imaginarios, con problemas que no existen, los meto todos allí; luego llega la dama gris y por fin los explota.

Perdí la cuenta de los días y cada tanto me dicen que este confinamiento forzado se extiende un poco más, dos semanas más, y dos más, y más. Cada vez que me entero de que el confinamiento se extiende me duele alguna parte, o todas. Tengo el cuerpo machucado porque no me acostumbro a esta casa, pulcra, medida. No es mía, como tampoco lo es este aislamiento ni esta ciudad ni este país ni estas gaviotas.

Cancelaron mi vuelo de vuelta a Uruguay. Para el 15 de mayo, probablemente, formaré parte de la diáspora -oficialmente- de lxs varadxs en países extranjeros por causa pandemia. No sé qué machucones dejará esta nueva situación en mi cuerpo. Aún desconozco las consecuencias de este proceso de aislamiento en mi salud mental. Quizás me toca vivir uno de los confinamientos más estrictos del mundo por haber fantaseado con la idea de quedarme más tiempo en un país que no me recibe por más de 3 meses.

A veces, solo quisiera estar en mi casa con mis amigas, con quienes convivo, y compartir las angustias; el gato; y salir a caminar un poco más allá del supermercado (la última vez que hice esto en esta ciudad me paró la policía para preguntarme a dónde iba).

Aquí se resignifican las simplezas: hay quienes le dedican más tiempo a sus plantas y otres a las gaviotas. Y, sobre todo, que un día de sol hace la diferencia. 

Posted on 14 mayo, 2020 in Sin categoría

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