J.R.R. se confiesa un 31 agosto: “Recibo mis cuarenta años solo, en mi casa vacía”

En la Antifil recordamos con cariño en su cumpleaños al narrador Julio Ramón Ribeyro, quien hubiera cumplido 88 años el día de hoy. Aunque pocos lo saben, él era un asiduo escritor de epístolas y diarios. En los momentos de intimidad, a solas frente a la máquina de escribir, Ribeyro se cuestionaba sobre la vida, su trabajo como diplomático, sus amores perdidos. A continuación compartimos algunos extractos de sus diarios, que nos permiten conocer al Ribeyro interior.

Primer diario limeño

Lima, 11 de abril de 1950

Se ha reabierto el año universitario y nunca me ha hallado más desanimado y más escéptico respecto a mi carrera. Tengo unas ganas enormes de abandonarlo todo, de perderlo todo. Ser abogado, ¿para qué?

No tengo dotes de jurista, soy falto de iniciativa, no sé discutir y sufro de una ausencia absoluta de “verbe”.

30 de abril

Ya no ingresaré al estudio de Lavalle. Mi tío Carlos F. me ha informado que en dicho estudio hay quince practicante, los cuales tienen que turnarse para poder trabajar. Más bien me he ofrecido colocarme en el departamento legal de alguna compañía o banco del que sea Director o Presidente.

3 de junio

¿Por qué estaré hoy tan decepcionado? Sin dinero, sin éxito, sin amores, mis días van cayendo como las hojas secas de un árbol. Rodeado de oscuridad, de cenizas. Hoy me siento incapaz de todo. Una pereza moral irresistible. Solo ansío viajar. Cambiar de panorama. Irme donde nadie me conozca. Aquí ya soy definitivamente como han querido que sea. Conforme me aleje irán cayendo mis vestiduras, mis etiquetas y quedaré limpio, desnudo, para empezar a ser distinto, como yo quisiera ser. Pero, ¿adónde ir? Si llevo dentro de mí el germen de todo mi destino, ¿para qué hacer rodar por todos los paisajes, como un circno ambulante, el espectáculo de mi vida equivocada?

5 de julio

En cuatro días tengo cien cosas que hacer. Ver a mi tío Carlos F. para el asunto del malhadado puesto; ocuparme del caso Cannock, juicio ejecutivo que estoy siguiendo para ganarme unos soles; dar los exámenes de Jurisprudencia Médica y Derecho Procesal Penal; preparar una exposición sobre el liberalismo e ir a un paseo a Chosica con mi prima Teresa y unas amigas. Y para colme estoy agripado y el estómago me vuelve a fallar.

Primer diario parisino

29 de enero de 1954

Todo diario íntimo surge de un agudo sentimiento de culpa. Parece que en él quisiéramos depositar muchas cosas que nos atormentan y cuyo peso se aligera por el solo hecho de confiarlas a un cuaderno. Es una forma de confesión apartada del rito católico, hecha para personas incrédulas. Un coloquio humillante con ese implacable director espiritual que llevan dentro de sí todos los hombres afectos a este tipo de confidencias.

Todo diario íntimo es también un prodigio de hipocresía. Habría que aprender a leer entre líneas, descubrir qué hecho concreto ha dictado tal apunte o tal reflexión. Por lo general se analiza el sentimiento pero se silencia la causa.

Todo diario íntimo nace de un profundo sentimiento de soledad. Soledad frente al amor, la religión, la política, la sociedad. La mayor parte de los diaristas fueron solteros. Los hombres casados, activos, sociables, que desempeñen funciones públicas, difícilmente podrán llevar un diario, ocupados como están en vivir por y para los demás.

Todo diario íntimo es un síntoma de debilidad de carácter, debilidad en la que nace y a la que a su vez fortifica. El diario se convierte así en el derivativo de una serie de frustraciones, que por el solo hecho de ser registradas parecen adquirir un signo positivo.

En todo diario íntimo hay un problema capital planteado que jamás se resuelve y cuya no solución es precisamente lo que permite la existencia del diario. El resolverlo, trae consigo su liquidación. Un matrimonio logrado, una posición social conseguida, un proyecto que se realiza pueden suspender la ejecución del diario.

Todo diario íntimo se escribe desde la perspectiva temporal de la muerte. (Ahondar esta idea.)

Segundo diario limeño

2 de agosto de 1958

Los que no sienten a la mujer como una potencia extranjera, ingobernable y maléfica; los que no consideran a la sociedad como un círculo erizado de espadas; los que no ven en las cosas más simples -una piedra, un boleto de ómnibus, una mancha del pantalón- el signo de la adversidad, ésos, no sé cómo pueden vivir, pero son, sin duda, los triunfadores.

31 de agosto de 1969

Recibo mis cuarenta años solo, en mi casa vacía. La Place Falguière desierta. Silencio. Como sólo una vez se cumple esta edad y como me siento leve, muy levemente deprimido (no por envejecer, sino por envejecer de cierta manera) compré, a pesar de mi pobreza, una botella de whisky y dos paquetes de cigarrillos rubios. Para poder servirme un trago tuve que lavar un vaso polvoriento, en una cocina donde hace días que no entro por no enfrentarme a la vajilla sucia.

Lo único que he hecho hoy por la casa ha sido cambiar sábanas y tender la cama y lo único que he hecho por mí, escribir una carta y leer Diálogos de exiliados de Brecht.

Luego nada, aparte de mis siete horas en la AFP. Me gustaría estar con Alida y con mi gordo, ambos en Lima, haber comido con ellos, conversado, reído, peleado incluso. Fea soledad, cuando la imaginación se mella y uno no puede ya ni siquiera conversar consigo mismo.

Publicado en31 Agosto, 2017 enSin categoría

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