La Pandemia golpea con distinción

Grupos indígenas y las miradas segregantes

Por Gloria Alvitres Aliaga, periodista y activista ambiental

Voy a resaltar que el Perú es un país clasista y racista. La frase que ha circulado en medios “el covid 19 no distingue clase social” es una falacia. La enfermedad no discrimina, pero las condiciones sociales de las que partimos y con las que el país enfrenta esta pandemia no solo refuerzan la vulnerabilidad, sino que generan niveles de respuestas desiguales entre la población. El hambre y el sistema altamente desigual acrecientan los problemas para aplicar una política efectiva para enfrentar una emergencia de salud. 

¿Quiénes son los últimos en ser atendidos? ¿Quiénes son los invisibles? Un acercamiento a la mirada que tenemos de los “otros” como sociedad, puede ayudar a explicar mejor.

Para entender las miradas sobre el mundo indígena, podemos partir de un cuadro de Julia Codesido, una pintora indigenista del siglo XIX donde aparece la representación de un grupo de indígenas andinos en alguna Plaza del Perú. Parecía una postal de Cuzco, que bien se podría pintar en estos tiempos.

Esa representación costumbrista e idílica del indígena la que se repite hasta el día de hoy en el imaginario no solo de los grupos de poder capitalinos, sino entre el sentido común, que además ha sido alimentado por nuestros medios de comunicación, la literatura, la escuela. La ciudad rechaza continuamente a las poblaciones indígenas, pero idealiza “esa herencia incaica”. El análisis de esto último lo podemos encontrar en el libro “Incas si, indios no”[1] de Cecilia Méndez Gastelumendi.

La mirada que Fray Bartolomé de las Casas esbozaba en su Brevisima relación de la destrucción de las indias[2] sobre el indio se correlaciona, también, con los estereotipos contemporáneos. Bartolomé decía que el indio o el indígena era un ser inocente, que debía ser protegido por la Corona; de la misma forma que era como un niño también podía ser salvaje y por ende peligroso. En esa línea de pensamiento solo existen dos formas de mirar al indígena: es peligroso o es inocente y moldeable.  Nunca es un par, no tiene los mismos derechos o deberes, errores, problemas que un ciudadano.


“En los niveles de atención, justamente por cómo se ha configurado el Perú de forma histórica, las poblaciones indígenas andinas y amazónicas se ven doblemente excluidas”.


Bajo ese argumento usado por la colonia, el indígena fue desposeído de sus tierras y de su fuerza de trabajo. La destrucción sistemática de la tecnología andina agraria, el conocimiento en plantas y animales, terminó segmentó y generó las brechas que cargamos ahora. Dentro de esa lógica, la mujer indígena sin posesión y sin palabra, ha vivido en una doble dominación.[3]

Esa mirada colonial nos afecta en demasía como país y en un contexto de Emergencia Nacional las formas de exclusión se replican y las desigualdades se hacen más visibles.

Cuando el COVID 19 inició en Lima y se estableció la Emergencia sanitaria, el Estado cerró fronteras regionales. Pero cómo plantear una política intercultural, en un país donde la cuarentena es privilegio y le cuesta más a los desposeídos. El ingreso de una pandemia a las comunidades indígenas de Amazonía sería un desastre porque las deficiencias en salud, infraestructura y personal médico son mayores.

No se establecieron medidas claras para que las poblaciones andinas e indígenas amazónicas no se contagiaran, la política de inmovilización nacional se aplicó como la solución homogénea. Fueron las propias poblaciones que cerraron sus comunidades y los accesos a los foráneos. ¿Por cuánto tiempo podían hacerlo?

En un artículo del medio Ojo Público, dirigentes indígenas manifestaban su preocupación ante el abandono que sentían de parte del Estado. En Amazonas, una de las regiones de frontera, donde; además está asentada una importante población awajún wampis, hay un solo hospital con los insumos suficientes para atender enfermos por COVID 19. En otras regiones amazónicas como Loreto, donde la cantidad de infectados en la capital Iquitos ha ascendido, la preocupación crece, porque las distancias y problemas de acceso ya están creando un ambiente de desesperación.

En la zona andina, uno de los mayores problemas se relaciona con la producción. Los primeros días de la cuarentena, la Federaciones de agricultores manifestaron que su producción no podía salir de las chacras para las ciudades y que intermediarios aprovecharon la situación para alzar los precios, mientras que pagaban en el campo lo mismo. No estábamos ante una situación aislada, en reiteradas oportunidades los intermediarios imponen los precios y la cadena de producción es injusta en muchos niveles para los y las productoras.

La agricultura familiar históricamente excluida de planes de desarrollo y que aporta a la alimentación, otra vez, sostenía la alimentación nacional.  Los agricultores, andinos e indígenas quechuas, aymaras no recibieron bonos porque en la cadena productiva, siempre fueron los últimos. [4]

El gobierno ante la necesidad de asegurar la alimentación en las ciudades planteó una serie de políticas de apoyo al agro y de refuerzo al crédito de los pequeños y medianos productores agrarios. Aunque el Ministro de agricultura, Jorge Montenegro, ha declarado que se está trabajando en coordinación con los Gobiernos regionales y aprobó un bono, por años, las federaciones agrarias han pedido el apoyo del Estado y solo durante la Emergencia, se empiezan a buscar mecanismos de intervención en el mercado para regular precios.

Otros especialistas como Eduardo Zegarra, investigador principal de GRADE, advierten que sí existe un riesgo de desabastecimiento durante la pandemia. Declaró al Diario La República que “es momento de que se cree un comité especial de emergencia agrario-rural para que se trabaje en la parte sanitaria y productiva”.


“La política de repatriación que fue bandera del Gobierno en los primeros meses benefició solo a los sectores A y B de la población”.



El día 13 de la cuarentena, una noticia conmocionó a la ciudadanía, mil personas de regiones como Huancavelica, Junín y Pasco emprendían el retorno a sus comunidades a pie.  Habían recorrido kilómetros desde el centro de la capital hasta la sierra de Lima. Muchos eran migrantes desalojados de sus cuartos, varados, sin recursos, que buscaban retornar a sus comunidades. Cuando los policías intentaron detenerlos se produjeron enfrentamientos y tras un día de evaluaciones, el Gobierno les realizó pruebas y se habilitaron buses para llevarlos a sus regiones.

En el camino, los habían desinfectado con mangueras y detenido en varias oportunidades, incluso, las autoridades de los distritos por los que pasaron querían impedirles el paso. Las fotos y videos captados por la prensa evidencian condiciones terribles en las que se desplazaban las personas. No hubo un Plan para apoyar en los retornos entre regiones. La política de repatriación que fue bandera del Gobierno en los primeros meses benefició solo a los sectores A y B de la población. Pero la migración interna no fue tomada en cuenta, convirtiéndose, como en el caso de Lima, en una bomba de tiempo.

En los niveles de atención, justamente por cómo se ha configurado el Perú de forma histórica, las poblaciones indígenas andinas y amazónicas se ven doblemente excluidas. La atención prioritaria a sus necesidades y los subsidios, así como la necesidad de políticas con especificidad no responden a formas populistas o caprichos, sino que se corresponden con la necesidad de generar equidad y balance con poblaciones históricamente excluidas.  La insistencia en políticas interculturales con enfoque de género es una apuesta de las organizaciones sociales y que el Estado ha ido adoptando con lentitud, ello, ante el peligro, incluso de un retroceso, por el ascenso al poder de grupos fundamentalistas.

Desde todos los espacios de reflexión, así como, desde la ciudadanía necesitamos emprender un trabajo de conciencia frente a la situación que viven las comunidades andinas y amazónicas. Los estereotipos, el racismo y la segregación solo remarcan más las diferencias, fragmentan más una sociedad donde no se asume al “otro” diferente en lengua, piel, costumbres como ciudadano o como parte igual en esta nación imaginada que es el Perú.


[1] Cecilia Méndez Gastelumendi

[2] De las Casas, Bartolomé

[3] Silva Santisteban, Rocío

[4][4] https://larepublica.pe/economia/2020/04/15/coronavirus-en-peru-eduardo-zegarra-opina-que-riesgo-de-desabastecimiento-aumentara-debido-a-la-covid-19/?fbclid=IwAR2Papwm7kYHw3gsOuoarCe9WDn3-BuYBFTDBZjX1ed4Cg1tmcKilKprLYQ

Foto: Cuadro de Julia Codesido


Gloria Estefany Alvitres Aliaga (Lima, 1992) Periodista Bachiller de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, parte de la coordinación de la ANTIFIL, activista ambiental, escribe sobre temas ambientales.

Posted on 17 abril, 2020 in Sin categoría

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